La casa del diablo en Ciénaga
Por Pablo Convers
Ciénaga es un pueblo ancho y caluroso, que durante el siglo XX creció con las migraciones del banano. Recibió muchas personas llamadas por la bonanza, vinieron siguiendo los pasos de familiares, escapando de alguna violencia, o huyendo de un amor no correspondido. Algunas se quedaron pocos meses: trabajaron, cobraron y se fueron. Otras se quedaron en el pueblo y se sentaron en los patios de sus casas para saludar al vecino y a la vecina que pasaba, echar chisme y recibir el fresco de la tarde tras la jornada. Así vieron crecer a sus familias. También se fueron asentando en los lindes de las fincas, formando pueblos a lo largo del ferrocarril y a las orillas de los ríos fríos que aún hoy bajan de la sierra.
En éstas olas de migración llegaron personas del interior, cachacos, y otras desde el mar, italianos, franceses, y árabes todos convocados por el banano. También llegaron los gringos con la United Fruit Company y fue esta empresa la que terminó por acaparar la mayoría del mercado de esta fruta (o baya para ser más precisos).
Nosotros también llegamos a Ciénaga en el año 2024 llamados por el banano, por su historia. Ahí nos encontramos con Álvaro Hernández y Miguel Ángel Guerra, en ese entonces dos estudiantes de historia del patrimonio en la Universidad del Magdalena a punto de graduarse, que amablemente se ofrecieron a mostrarnos el pueblo y compartir los relatos que habían encontrado hablando con las abuelas y los abuelos, caminando sus calles y leyendo sus libros.
Salimos desde la plaza de la estación, en la que en otrora llegaban los trenes cargados de racimos de banano y de jornaleros, y que ahora es una plaza de variedades junto a la calle del mercado. Ya no llega el tren, pero alrededor hay un movimiento constante de buses, camiones, microbuses y bicitaxis. Y es que está junto a la llegada de buses que salen a Santa Marta, y a la zona ganadera del Magdalena. Hay una característica inequívoca de esta plaza: el ruido.
No es un ruido cualquiera, son diferentes ruidos superpuestos uno sobre otro; el barullo de los compadres y comadres, la carcajadas ocasionales, los saludos estruendosos, personas anunciando productos y transporte, equipos de sonido a reventar en cada local, carros, buses, camiones cargando y descargando. Un poco más alejado de la calle, entre los recovecos de varias casetas de metal multicolor, bajo la sombra de árboles, se hacen pasillos en los que se encuentran todo tipo de cachivaches, drogas, y en la noche, hasta prostitución.
A esta plaza, que antes era la plaza de la Estación del tren, ahora se le conoce por algunas personas como la plaza de los mártires, pero por la mayoría como la plaza del negro de la Estación, pues saliendo entre los árboles se erige una estatua de trece metros en bronce de un hombre afrocolombiano en taparrabos sosteniendo un machete en su mano derecha.
Imagino la estación de trenes de Ciénaga durante la bonanza bananera de principios del siglo XX. En 1928, antes de la masacre de las bananeras, había alrededor de 50 mil personas vivían en la zona cruzada por el ferrocarril y 30 mil trabajaban para la industria del banano. Familias enteras que habían llegado desde Bolívar, Atlántico y Santander, atraídos por los mejores salarios. Para esta época la United Fruit Company ya se había hecho al monopolio de la producción y exportación del banano, bajo su compañía Frutera de Sevilla. Había comprado o sacado a la competencia a través del control exclusivo sobre la infraestructura y los medios de transporte: vías férreas, trenes, puertos, y claro, la flota blanca. A pesar de la bonanza, las condiciones de los jornaleros eran demasiado pesadas: la mayoría no eran contratados directamente por la empresa, tenían turnos largos y el poco pago que recibían regresaba a la United a través de sus almacenes de abarrotes, que abastecían a precios controlados por la compañía. Era un polvorín para la huelga.
En la novela Casa Grande, Álvaro Cepeda Samudio nos habla de jornaleros adentro y arriba de los vagones del tren llegando a la estación y saltando hábilmente mientras la máquina seguía despacio camino al puerto, cargando montañas de racimos verdes de banano. Sigo imaginando, es el fin de semana y vienen de las fincas a buscar a sus familias, a sus mujeres, u otras mujeres que quieren conocer, a gastar su poco jornal, a emborracharse o a sentarse en la entrada de su hogar para mirar los picos de la sierra. Cerca de la estación del tren, las casas son de madera y los techos de placas de zinc. A medida que el pueblo se aleja de la estación hacia el centro, hacia la plaza ancha y la Iglesia, las casas y las calles se van agrandando y la vida se detiene y se aquieta. Y las casonas grandes, de gruesas paredes de mampostería se van haciendo más infranqueables y se van quedando más solas.
Así fue en 1928 y aún hoy permanecen los ecos de esa memoria. Hacia la estación está el ruido, la gente en movimiento, la música, y hacia la plaza, el pueblo se va volviendo más silencioso. Después de comer arepa de huevo y jugo de corozo seguimos el camino hacia la plaza central y nos topamos con una casa en la esquina de la antigua calle Valledupar con el callejón Bucaramanga, ahora la calle 15 carrera 13, justo en el corazón de Ciénaga. Era una casa grande, esquinera, en mampostería, que en sus mejores años habría sido una mansión en marmolina blanca, de dos plantas con 14 columnas romanas y un estilo republicano. Pero ahora casi en ruinas, con la mayoría de ventanas tapiadas, parecía sacada de una película de terror.
Era la casa del diablo.
En 1916 cuando se terminó de construir, la casa era conocida como la Mansión Manuelita. La familia Varela, sus dueños, la construyeron tomando inspiración en los palacetes españoles (Pacific Gnecco, 2021). El auge bananero que se vivía en Magdalena no solo transformó la economía regional y nacional, sino también el paisaje de Ciénaga, donde surgieron edificaciones que reflejaban el poder y las aspiraciones de las élites locales. La circulación de ideas y modelos arquitectónicos que llegaron comenzaron a replicar las formas y los elementos ornamentales neoclásicos en las edificaciones (Arteaga Ruiz, 2024). Además, la disponibilidad de capital permitió materializar estas influencias de manera tangible, ya que “estas tenían los recursos para importar tanto materiales de construcción como muebles y enseres para la decoración de la casa” (Arteaga Ruiz, 2024), consolidando así un estilo arquitectónico que evocaba prestigio, modernidad y conexión con referentes europeos.
Hoy, la casa es un recuerdo de la bonanza bananera de principios de siglo XX, y la memoria material de una leyenda cienaguera que empezó el mismo año en que se terminó de construir, pues dicen que se encontró el cadáver de una niña de 13 años en una de las fincas de propiedad de los Varela (El Tiempo, 2021). Luego vinieron los rumores de desapariciones de trabajadores y niños en sus propiedades, los cuales se expandieron en toda la zona bananera (Palacio, 2019). En adelante la leyenda de Manuel Varela cambia según quien la cuente, en algunas versiones se dice que a Varela se le veía entrar a túneles dentro de sus cultivos de bananos, en donde comulgaba con huestes demoníacas y el mismísimo diablo a través de un pergamino (Palacio, 2019), y que las muertes, incluso las accidentales, así como las desapariciones eran el pago de Varela al diablo por las riquezas recibidas. En todas las versiones está el pacto satánico, vidas a cambio de riquezas. Este acuerdo estipulaba que cada año debía entregar una vida humana como tributo para asegurar la expansión de sus riquezas. En las versiones siempre está el manto de duda sobre su fortuna, pues ¿de qué otra forma pudo construir sus riquezas y mansiones de la noche a la mañana?, pregunta quien la cuenta.
Como Manuel Varela fue quien regaló las tierras para la construcción del Instituto Nacional San Juan de Córdoba, centro educativo de Ciénaga, se rumoraba que cada año moría un estudiante del Instituto para que el pacto siguiera vigente (Pacific Gnecco, 2021). Algunos habitantes dicen que durante ciertas noches, de la casa, brota un fuerte olor a azufre y se ven ojos rojos que se asoman por las ventanas (Palacio, 2019).
Al contar la historia, los locales rememoran las víctimas que año tras año ha cobrado Manuel Varela. A todas se les había visto pasar cerca de la casa antes de su muerte o estudiaban en el Instituto Nacional San Juan de Córdoba.
En 1998 la casa fue declarada Monumento Nacional y la historia de Manuel Varela ha sido recreada en la obra de teatro El Escarpín de Señore y contada a través de documentales como el de la BBC My Macondo. Lo que es cierto es que Varela sí logró amasar una fortuna con la bonanza bananera, no sólo logró construir una mansión, también mandó a sus hijos a estudiar a Europa y construir un tranvía propio para sacar su producción de banano desde sus fincas, según contó el historiador y escritor Guillermo Henríquez (q.e.p.d) para una nota del diario El Tiempo. (El Tiempo, 2021) Y es que la riqueza era tal en Ciénaga que cuentan que en las noches de cumbia no se iluminaban con velas sino con rollos de dólares prendidos en fuego (Pacific Gnecco, 2021).
Me hace acordar de Fitzcarraldo cuando hablan de la Casa de la Ópera en Manaos
For five years now we've been the richest town in the whole world.
It's like gold fever.
May I show you the house?
When this opera was built there were only a few huts here.
The building was practically in the jungle.
Prices are ten times higher here than in New York.
There are palaces being built with tiles from Delft and Florentine marble.
And lquitos is catching up.
It's still a filthy frontier town…
... but the rubber business is growing
by leaps and bounds.
The better-off citizens in Manaus,if I may put it like that… send their laundry to Lisbon... because the water in the Amazon
is felt to be impure.
Las tierras de Manuel Varela eran extensas (El Tiempo, 2021). En la investigación de Joaquín Vilorio sobre los empresarios bananeros del Magdalena, se hace referencia a una finca que le perteneció de unas 150 hectáreas en Río Frío. Esto no parece una gran extensión, pero da pistas sobre el lugar donde podrían estar unicadas; hacia el sur de Río Frío, donde hoy existe un corregimiento llamado Varela, que es reconocido por el gran número de mariposas de color amarillo que se pueden ver ahí. Al parecer, este pueblo se formó por las familias que trabajaban en las tierras de Varela, por lo que nos podemos imaginar que sus tierras eran más extensas. A estas tierras llegaron a trabajar hombres de toda la región, incluso pasaron famosos acordeoneros como Sebastián Guerra y dicen que hasta Francisco el Hombre, así dice Gabriel García Márquez en Cien años de soledad. (El Tiempo, 2021).
“Meses después volvió Francisco el Hombre, un anciano trotamundos de casi doscientos años que pasaba con frecuencia por Macondo divulgando las canciones compuestas por él mismo. En ellas, Francisco el Hombre relataba con detalles minuciosos las noticias ocurridas en los pueblos de su itinerario, desde Manaure hasta los confines de la ciénaga, de modo que si alguien tenía un recado que mandar o un acontecimiento que divulgar, le pagaba dos centavos para que lo incluyera en su repertorio… Francisco el Hombre, así llamado porque derrotó al diablo en un duelo de improvisación de cantos, y cuyo verdadero nombre no conoció nadie, desapareció de Macondo durante la peste del insomnio y una noche reapareció sin ningún anuncio en la tienda de Catarino” (Gabriel García Márquez en Cien años de soledad, 2007, pág. 64)
Francisco el hombre es una leyenda de la Costa Caribe colombiana con componentes históricos. Se ha convertido en el arquetipo del juglar vallenato. Existen muchas versiones sobre su leyenda pero todas giran alrededor de su duelo con el Diablo (Rodríguez,2018).
Quizá el duelo fue con Varela, o tal vez son dos caras de la misma historia, o haces un trato con él o lo enfrentas.
Y es que en la zona bananera el duelo con el diablo es un tropo. Uno de los mejores relatos está en el cuento de José Francisco Socarrás “La uña de la gran bestia”, que dice así:
“en el zaquizamí de Rosa, ‘la Flaca’ con las troteras de los alrededores apretujadas en torno del negro Higinio, quien tocaba el acordeón”, se alude al acordeonero de Plato, Pacho Rada, de quien se cuenta un combate en el que con su machete le voló al diablo una uña que luego cambió con Ño Jenaro, el brujo de Manantial, por una contra “pa las picá de cascabel”. Viajando por la montaña de Plato, Pacho se topó con un caballero muy bien vestío. El hombre desafió a Pacho a tocá acordeón. Rada le picó adelante, el otro se calentó y desenfundó la rula. Pacho empuñó su mocha y dale que dale estuvieron sacándole candela a los machetes toa la madrugá. Apenita clareaba el acordeonero reparó que se había embojotao con el diablo. Hizo la seña de la cruz, nombró a Jesús, María y José y arremetió en firme. La gran bestia pegó un alarío; pretendió arrancá a corré y en el mismo momento Rada le zampó una cortá y le esmochó una uña.” (Castillo Mier, 2021)
Imagino el duelo entre Francisco el hombre y el diablo, y en el pacto de Varela y pienso que esas historias reflejan el conflicto entre el deseo y la virtud, y habla de un sentido moral muy colombiano. Mucho dinero es sospechoso y siempre trae desgracias, en cambio hay virtud en el oficio y la humildad.
La casa del diablo es un recordatorio cruel de la bonanza y la violencia del colapso.
Las paredes, ahora en ruinas, parecen susurrar las historias de las víctimas de muertes sin sentido. En las noches más silenciosas, algunos aseguran oír sus lamentos, almas perdidas, quizá atrapadas en el pacto de Manuel Varela o en la fiebre dorada del banano. Los pocos valientes que se atreven a acercarse juran que, al caer la noche, las columnas parecen moverse, como si estuvieran ansiosas por cobrar un sacrificio nuevo.
La casa está vacía en su mayor parte, con un par de familias viviendo en su interior. Tiene un olor fuerte y rancio que repele a la mayoría. Hay una placa de patrimonio histórico y otros avisos más artesanales que llaman a no entrar o de lo contrario les caerá el maleficio de satanás. El mito aún resuena en sus paredes. Al acercarnos se nos ponen los pelos de punta y solo las almas valientes, tontos y turistas descarados como nosotros se quedan curioseando, lo suficiente como para no poder dormir tranquilos por un par de noches.